La verdad es esta: no siempre tengo ganas de entrenar. A veces me levanto con flojera, otras estoy de mal humor, o simplemente preferiría quedarme acostada viendo videos o pasando tiempo en el celular. Y está bien sentir eso, porque somos humanas. Pero aprendí que la motivación no siempre llega sola; muchas veces, hay que construirla y cuidarla como si fuera una planta.
No soy una máquina de disciplina perfecta, soy una chica que decidió comprometerse con su mejor versión, incluso en los días difíciles, en esos días donde lo último que quiero es moverme. Porque esos días también cuentan, y precisamente por ellos, la motivación se vuelve más valiosa.
🌟 Aquí te comparto lo que me ayuda cuando no tengo ganas de ir al gym:
- Me enfoco en cómo quiero sentirme, no en cómo me siento ahora
Antes, cuando me sentía cansada o desanimada, pensaba: “No tengo energía, mejor descanso”. Ahora trato de pensar en lo que quiero sentir después de entrenar: fuerte, orgullosa, con la mente despejada y llena de energía. Visualizar ese momento post-entreno me anima a empezar, porque sé que la recompensa está ahí, esperando.
💡 Ejemplo práctico: Antes de decidir quedarte en la cama, cierra los ojos y visualízate saliendo del gym con el cabello despeinado pero con esa sonrisa de orgullo. ¿Vale la pena? Casi siempre, sí.
- Preparo todo desde la noche anterior
Una forma de evitar excusas es preparar la ropa, la botella de agua y la playlist la noche anterior. Así, cuando suena el despertador, ya está todo listo para salir sin pensar mucho. Esto reduce el esfuerzo mental que a veces hace que digas “mejor no”.
💡 Ejemplo práctico: Crea una rutina nocturna que te deje lista para decir “sí” al día siguiente, incluso si estás medio dormida. Que sea automático.
- No le doy mucho tiempo a la mente para inventar excusas
Nuestra mente es experta en buscar razones para no hacer algo. Por eso, cuando siento que empiezan a llegar esas ideas, intento actuar rápido. Pongo música, me levanto y me muevo aunque sea un poco. Muchas veces, solo empezar es lo más difícil; después el cuerpo y la mente se acomodan. - Hago ejercicio como un acto de amor, no de castigo
Entrenar no es una forma de castigarme por cómo me veo o por lo que “debería” ser, sino una manera de agradecerme por mi cuerpo y mi salud. Cambiar el diálogo interno es clave. En lugar de pensar “tengo que bajar esto”, intento decirme “quiero sentirme con energía para vivir mi día al máximo”.
💡 Ejemplo práctico: Cada vez que pienses en saltarte el gym, recuérdate que te estás cuidando, no castigando.
- Celebro cada pequeño logro
No importa si un día solo puedo hacer 20 minutos o si no me siento al 100%. Lo importante es que estoy ahí, cuidándome. Celebro esos pequeños pasos porque sé que suman, y que la constancia no es perfección sino compromiso. - Me recuerdo por qué empecé
A veces hago una lista de las razones que me motivaron a comenzar: querer un cuerpo saludable, sentirme fuerte, tener más energía para mis días, cuidar mi salud mental, mejorar mi autoestima. Volver a esas razones me ayuda a reencontrar la motivación cuando flaquea. - Busco compañía o apoyo
Cuando puedo, entreno con amigas o comparto mis avances en redes con personas que me apoyan. Esa conexión y respaldo hacen que los días difíciles sean más llevaderos y que me sienta motivada a seguir.
✨ Recuerda: La motivación no siempre es una llama gigante; a veces es una chispa que apenas se asoma. Lo importante es no apagarla y alimentarla con pequeños actos de amor hacia ti misma.
💬 ¿Tú también tienes días en los que no quieres entrenar?
Cuéntame en los comentarios:
👉🏼 ¿Qué haces para volver a motivarte?
👉🏼 ¿Cuál ha sido tu mayor reto para mantenerte activa?
🔥 Moverte por amor a ti es el acto más revolucionario que puedes hacer.
💓 Siempre sin permiso.
– Valeska
Hola, soy Valeska 💖
Escribo sobre amor propio, confianza y hábitos reales, desde mi propio proceso. Sin perfección y siempre sin permiso.


